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Soberanía alimentaria, una perspectiva feminista

Por Esther Vivas

Los sistemas de producción y consumo de alimentos han estado siempre socialmente organizados, pero sus formas han variado históricamente. En las últimas décadas, bajo el impacto de las políticas neoliberales, la lógica capitalista se ha impuesto, cada vez más, en la forma en que se produce y se distribuyen los alimentos (Bello, 2009)/1.

Con el presente artículo queremos analizar el impacto de estas políticas agroindustriales en las mujeres y el papel clave que desempeñan las mujeres campesinas, tanto en los países del Norte como del Sur, en la producción y la distribución de los alimentos. Asimismo, analizaremos como una propuesta alternativa al modelo agrícola dominante necesariamente tiene que incorporar una perspectiva feminista y cómo los movimientos sociales que trabajan en esta dirección, a favor de la soberanía alimentaria, apuestan por incluirla.

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¿Es feminista reclamar una mezquita?

Dudas movimentistas I

En nuestra sociedad la revolución que se ha producido en los últimos cuarenta o cincuenta años en lo que se refiere a la situación de la mujer parece más que evidente. Los cambios normativos y culturales han contribuido a que la mujer deje de estar en una condición de minoría de edad ante los hombres. Padres y maridos ya no pueden ejercer de tutores y decidir por ellas o autorizarlas. Eso ocurría en una España no muy lejana y convendría preguntar más a menudo a madres y abuelas.
Hoy los cambios vividos no significan que todo esté ganado, ni siquiera que no haya vuelta atrás, y continúan existiendo motivos para la reivindicación de igualdad de trato respecto de los hombres y avanzar más en el cambio cultural. Continúan existiendo grandes injusticias que erradicar. Podemos fijarnos en los asesinatos cometidos por la violencia machista y también en la desigualdad en el mercado laboral. En 2011 todavía tenemos que leer como los sueldos de las mujeres están un 30% por debajo del de los hombres al no poder acceder al mismo puesto o debemos aguantar que a nuestras compañeras o amigas alguien les pregunte por sus planes para quedarse embarazadas en una entrevista de trabajo. La pregunta, en contra de lo que pueda pensar el amable lector, ni responde a la curiosidad ni a la voluntad de facilitarles las cosas.
Conviene tener presente todo esto sin desatender nuevas realidades que emergen en nuestra sociedad. En los últimos meses han llegado al debate público diferentes reivindicaciones de grupos de mujeres relacionadas con su religión y sus tradiciones culturales. La negativa a aceptar los intentos legislativos para prohibir el burca ha sido una de ellas. La demanda de una mezquita en Barcelona, otra. La Asociación Cultural Educativa y Social Operativa de mujeres Pakistaníes (ACESOP) ha participado en el impulso  de las dos reivindicaciones.
¿Es feminista no compartir la voluntad de prohibir el burca? Nuestra sociedad está acostumbra a asociar el burka y la mezquita con la opresión de las mujeres. Pero por otro lado nos encontramos con grupos de mujeres haciendo esta reclamación. ¿Qué ocurre? Su reivindicación se fundamenta en la construcción de un necesario proceso de autonomía para las mujeres. Quieren recorrer un camino que otras en este país ya recorrieron, pero es posible que ahora nos quede demasiado lejos. Lo que está en cuestión en la ley contra el burca no es la identificación de las personas, eso ya está resuelto por otras vías. ¿Qué nos preocupa? Si nos preocupa la mujer conviene preguntarse como puede ser beneficiada. ¿La ayudará una ley que puede sancionarla, criminalizarla y estigmatizarla?
¿Es feminista reclamar la construcción de una mezquita? Un grupo de mujeres pakistaníes de Barcelona lleva meses haciendo esta reivindicación. Hay quien ha visto en esta posición algo parecido a aquel chiste machista que se contaba hace años en el que un amigo le decía a otro que ante la petición de más libertad por parte de su mujer le había ampliado la cocina. Pero lo que buscan las mujeres impulsoras de la petición parece ser otra cosa. Sin una mezquita grande no es posible que las mujeres puedan ir a rezar. Si el espacio es pequeño se reserva para la comunidad masculina y las mujeres se quedan en casa. Todo aquello que aporta el contacto de unas con otras, el compartir experiencias, el aprender de las demás, la posible organización conjunta de actividades, desaparece. Su petición tiene que ver con la religión, pero no solo. España, como estado aconfesional, debería tener en cuenta la incidencia sobre la ciudadanía de las prácticas religiosas que se celebran en su territorio. Con especial atención si pueden resultar discriminatorias. Las mujeres pakistaníes reclaman una práctica religiosa liberadora. No deberíamos olvidar la función socializadora que tuvieron las parroquias hace cuarenta o cincuenta años también en nuestra sociedad.
Al revisar la revolución que ha vivido la situación de la mujer en nuestra sociedad conviene trabajar por todo lo que está por conseguir, pero sin olvidar mirar al pasado para saber de donde venimos y, especialmente, sin desatender a las demasiadas mujeres que todavía están muy lejos de donde muchas y muchos hemos conseguido llegar. Y conviene continuar haciéndose muchas preguntas para avanzar desde nuestras dudas.