Podemos hablar de Paco

A dos meses de la marcha de Paco Fernández Buey, algunas aún no podemos hablar del Paco pensador, del Paco filósofo, del Paco intelectual. Si podemos hacerlo del “Paco vital”, del “poeta obrero”, del “insumiso discreto”, del inconforme convencido, del eterno crítico. Porque ese es el Paco de los estudiantes, del despacho, del bar de la universidad. Podemos hablar del Paco con el que conversábamos sobre lo humano y lo divino, porque entrar en su despacho era abrir un mundo de posibilidades, conversaciones apasionantes, análisis estructurales, divagaciones teóricas, propuestas movimentistas o esperanzas poliéticas.

Podemos hablar del Paco sarcástico, del Paco inteligente, fino, trabajador, certero. Del Paco profesor, pero sobre todo, del Paco maestro. Del Paco amigo, compañero, referente. También podemos hablar del optimismo de Paco, de su energía, entusiasmo y voluntad para participar de toda iniciativa que quisiera cambiar el orden de las cosas. Podemos hablar del Paco antisistema, del joven eterno, del estudiante estudiado. Del Paco cinéfilo, cultural, político… Pero sobre todo, podemos hablar del Paco personal, de aquel que todos sentíamos tan cerca.

Un día nos vimos en su despacho después de una asamblea de estudiantes en la que habíamos decidido invitarlo a participar en una mesa redonda sobre el proceso de Bolonia. Me recibió con un cigarro en la mano y una nube de humo, como solía hacer mientras se lo permitió la salud, y no las normas. Con su calma y serenidad propias, enseguida me otorgó la cercanía, amabilidad y confianza necesarias para entrar en su pequeño mundo: una habitación llena de libros amontonados, papeles organizados y recuerdos escogidos. Sabía perfectamente donde lo tenía todo, porque su biblioteca no era tan grande como su memoria. Los libros que entonces me prestó nunca necesitó pedírmelos porque volvería muchas veces a su encuentro.

Aquel día no hizo falta hablar de Bolonia, no necesitamos acordar la intervención ni organizar el acto, sólo dijo que quería participar, colaborar en lo que necesitáramos. Paco era una apuesta segura, siempre supimos que podíamos contar con él, que estaba de nuestro lado. Porque sabía que la lucha es de los jóvenes y no tan jóvenes que como él, siempre están alerta a las bajezas del sistema. Porque creía que “los universitarios no están al margen de lo que ocurre, si no que hacen política de otra manera”. Política distinta a la que se hace habitualmente en el actual sistema institucional. “Porque quieren una democracia de verdad y desearían participar en un ágora limpia.”1

Uno de los estudiantes que pasó por sus clases ha dicho de él que era “uno de los pocos intelectuales que saben que el pensamiento no está en una torre de marfil”, y es cierto, en el sentido de que Paco sabía que la política, como la ética, estaba al alcance de todos. Porque ante las críticas vertidas sobre los jóvenes cuando éstos salen a la calle protestando contra los planes económicos de los que mandan en el mundo o reivindicando otro modelo de universidad pública, Paco tenía claro que “en vez de echarles la bronca cotidiana y recurrente por su despolitización o por su mala politización, mejor sería escucharles y colaborar con ellos a la limpieza del ágora. Que falta hace.”

Ahora sí, podemos volver a hablar de Paco.

1Fernández Buey, Francisco “Los estudiantes en la escena pública” Artículo publicado en el diario El País, el 12/11/2009.

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