Paco Fernández Buey, un poeta obrero

No podré hablar con precisión de todo lo que Paco era política y académicamente.

Y aprovecho de este espacio para decir –por lo que puedo- lo que Paco era como persona.

Era una persona, integra y buena. Esto ya es mucho por una persona, y sin embargo tengo que añadir que Paco era una buena persona y muy integra en un mundo como el de la universidad, un mundo académico que no brilla por esas cualidades…

Así era Paco, un profesor que hablaba a cualquier alumno, de cualquier edad y nacionalidad de par a par. Un hombre que, aunque discreto, estaba siempre contento en apostar por gente joven. Él creía más en los jovenes que los jovenes mismos…

Recuerdo que un día en una charla que dió, explicó que veía que los jovenes eran muy politicizados. Yo estaba presente en el auditorium (iba a menudo a escucharle por que siempre contaba algo interesante, aunque fuera uno de sus chistes) y repliqué desde el público que no veía para nada esta actitud en los jovenes, sino todo lo contrario. Unos días después hablabamos en su despacho y quizo volver al tema. Me dijo que hay que animar a los jovenes, hay que hacerlos sentir protagonistas para responsabilizarles, y dejar de machacarlos como hace todo el mundo. Allí entendí que Paco era realmente un buen profesor y no sólo de sus estudiantes directos…

Paco escuchaba todo lo que se le decía, y si no estaba de acuerdo no tenía ningún problema a decirlo con fuerza, pero escuchaba siempre, siempre y hasta el final.

Charlar con Paco era como charlar con un amigo.

Paco era un amigo, un compañero, una persona muy conocida y sin embargo de una humildad casi imposible de imaginar y de escribir.

 

Con Paco compartimos un poema de Majakowskij, El poeta obrero. La primera vez se lo dediqué hace dos años, cuando empezó su enfermedad. Hoy vuelvo a dedicarselo,

 

Gritan al poeta:
“Quisiéramos verte al torno.
¿Los versos?
¡Bobadas!
Eso es para no dar el callo”.
Tal vez
para nosotros
el trabajo
es la tarea más afín.
Yo también soy fábrica,
aunque sin chimeneas,
pero quizá
sin ellas
se pasa peor.
Sé –
odiáis la palabrería.
Talar el alcornoque es vuestro quehacer.
¿Y nosotros?
¿No somos ebanistas?

Transformamos el alcornoque de las cabezas humanas.
Sin duda,
pescar es cosa distinguida.
Sacar la red
y en ellas el pescado.
Pero el trabajo del poeta es más delicado:
pesca a gentes, no a peces.
Enorme trabajo arder ante el horno,
el hierro rojo al rojo templar.
¿Pero quién
nos tilda de holgazanes?
Con la lima de la lengua desbastamos los cerebros.
¿Quién es más –el poeta
o el perito
que
da al hombre el bien material?
Iguales.
El corazón es otro motor.
El alma es otro ingenio.
Somos parejos.
Compañeros, dentro de la masa obrera.
Proletarios de cuerpo y alma.
Sólo juntos
hermoseamos el mundo
y lo impulsaremos con himnos.

Pondremos un dique a los chorros verbales.
¡A la obra!
El trabajo es vivo y nuevo.
Y los oradores ociosos.
¡Al molino!
¡Con los molineros!
A girar las muelas con el torrente de palabras.

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