¿REFERÉNDUM O PODER DESTITUYENTE:? ¡SÍ, POR FAVOR!

El reciente anuncio por parte del presidente griego, Papandreu, de la convocatoria de un referéndum para someter a votación las últimas medidas aprobadas en la UE con respecto a al crisis de la deuda griega, parece haber despertado un “ataque de pánico” en la línea de mando del gobierno de los mercados. A estas horas, el diferencial del bono español e italiano se vuelve a disparar y los gestos nerviosos afloran en las declaraciones de autoridades políticas y monetarias de la UE y de algunos Estados miembros. Sin embargo, aunque a tenor de la reacción de “los mercados”, la decisión de Papandreu aparentemente no ha encajado muy bien en la estrategia de los de arriba, tampoco podemos asumir que el Gobierno griego haya tenido un ramalazo democrático-constituyente. Vista la hoja de servicios presentada ante la Troika en los últimos meses, parece un alumno ejemplar. Por otro lado, algunos activistas sociales han acogido la medida con una cierta dosis de optimismo respecto a lo que supone de posibilidades redemocratizadoras y de recuperación de la soberanía ciudadana. De hecho, el asunto nos remite a debates estratégicos más que pertinentes para el movimiento que incluyen elementos como los repertorios para la resistencia o la propia concepción de la democracia. El 15-M, y las expresiones análogas que están emergiendo en este “nuevo ciclo rebelde global” (Jaime Pastor dixit) son, entre otras muchas cosas, voluntades masivas pro-democratizadoras. En ese sentido, la crítica democrática respecto a la mercadocracia (y la “deudocracia” en su fórmula más avanzada) está implicando una evidente contestación al actual estado del malestar que viven los regímenes demo-liberales. En el marco de esta voluntad re-democratizadora podemos atisbar algunas ideas del científico social Charles Tilly que aseguraba que ésta era “el movimiento neto hacia una consulta más mutuamente vinculada, más protegida, más igual y más amplia”. Podría parecer que la propuesta del Gobierno griego se inscribiría en esta opción. De hecho, la formulación sustantiva de la democracia necesita imperiosamente de estos mecanismos de consulta. Por tanto, siempre será mejor una decisión política amparada por una votación popular que no por una decisión fuera del ámbito de la soberanía política. Pero la enunciación por sí misma no excluye problemas procedimentales del ejercicio material de la democracia. Un referéndum no siempre se traduce en un mecanismo más democrático, más vinculante, más protegido, más igualitario y más incluyente del demos.
En el actual contexto desdemocartizador y de gobierno de los mercados, parece difícil que los “gestores públicos” asuman formas democráticas avanzadas frente a las obligaciones dictadas por los poderes reales del mando capitalista. Eso sólo puede ocurrir en lugares centrales de la economía mundial, en situaciones en las que el movimiento tiene capacidad de imponer sus demandas y hacerlas efectivas. Quien esto escribe desconoce si esto está ocurriendo en Grecia. Podría ser que la convocatoria del referéndum sea una “imposición” del movimiento popular ante la que el Gobierno no le ha quedado más remedio que ceder. Sin embargo, ni siquiera la incontable sucesión de huelgas, movimientos y conflicto social en Grecia ha sido capaz de hacer retroceder los planes de la Troika ni de someter al Gobierno a las exigencias del movimiento. Lo que sí ha podido ocurrir, en todo caso, es una crisis de legitimidad y de hegemonía de la institucionalidad de Grecia. Una crisis creciente en un contexto de agudización de los antagonismos sociales y de una conflictividad que podría abocar al país a la ingobernabilidad. Y es aquí donde se podría insertar la salida por la vía del referéndum a la crisis política que atraviesa el país heleno.
Si bien es cierto que, más allá de las incertidumbres y posibilidades que abre “pasar por las urnas”, también lo es que el referéndum puede ser utilizado como un mecanismo de relegitimación y de cierre del esquema del conflicto por parte del Gobierno griego. No hay nada como un “referéndum-trampa” para meter una buena dosis de sordina sobre un proceso de movilización en marcha que apunta cada vez más hacia un proceso destituyente, como en el caso de Grecia. Tenemos algunos ejemplos cercanos del efecto devastador contra los procesos de conflicto social, siendo el de la OTAN especialmente paradigmático. En este caso, una “derrota” para el movimiento popular podría suponer una relegitimación absoluta de las medidas de recortes. Y, de paso, se convertiría en un elemento muy difícil de contrarrestar para un movimiento que podría “perder la calle” también. Y hoy, es en las plazas, en las calles y en las herramientas de auto-organización del movimiento donde se dirime la pelea por un proceso destituyente.
La derrota, jugando en un campo hostil como éste abierto a la manipulación y al chantaje, puede ser la excusa perfecta para el cierre del esquema del conflicto que está abierto. Jugar (todas) las cartas a un referéndum de casi imposible concreción garantista, democrática e igualitaria parecería un paso atrás para el movimiento. No solo griego.
El referéndum en Grecia parece abocar al movimiento, en cierta medida, a la disyuntiva entre la inestabilidad (y hasta ahora la impotencia) del “fragor” en las calles o jugar en el terreno hostil y chantajista de las urnas. La salida de ese chantaje-dilema solo puede lograrse a través del desborde del mismo: por un lado, no permitiendo la sustitución del proceso de movilización y de las experiencias de auto-organización por la exclusiva “ilusión en el referéndum” que puede instalarse en algunos sectores; por otro, construyendo mecanismos de institucionalidad democrática antagonistas que hagan frente a la desdemocratización impulsada desde arriba. Y, obviamente, manteniendo la perspectiva estatrégica de una ruptura absoluta con la cadena de mando neoliberal.
No se trata, por tanto, de una disyuntiva maximalista entre el referéndum o el poder destituyente de las calles. La primera abre la posibilidad de obtener una victoria que hasta la fecha la presión popular no ha logrado. Pero los riesgos que ofrece no son menores. Transitar con virtud entre posibilidades y riesgos es el sentido último de la acción política.
En todo caso, corresponde al conjunto del movimiento griego responder a estas cuestiones. Calibrar sus fuerzas y el desgaste del Gobierno y sus políticas para lograr la deslegitimación social y política del ataque neoliberal a su soberanía. A los demás nos queda levantar la solidaridad más decidida para contribuir a la derrota de los planes de la Troika. Las posibilidades abiertas para el movimiento en Grecia son también nuestras necesidades.

Joseba Fernández, es miembro del CEMS (Centro de Estudio de Movimientos Sociales) de la UPF e investigador pre-doctoral en el dpto. De Ciencia Política y de la Admon. De la UPV-EHU.

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