15-M: Transitando entre la autonomía, la radicalidad y el nuevo “sentido común”

Por Joseba Fernández

La imprevisibilidad en movimiento: conquistando espacios del “sentido común”

Plantear hipótesis de futuro sobre el movimiento 15-M no deja de ser, prácticamente, un juego estéril de futurología. El carácter irrepresentable e innombrable del mismo, su laxitud programática, su estructuración cambiante o, simplemente, su radical dinamismo e imprevisibilidad lo convierten en un movimiento que avanza en lógicas distintas a las de las hipótesis estratégicas o de la “razón política” clásica.

Sin embargo, esta ausencia de una definición y de unos límites del propio campo ha servido para poder convertir al movimiento en la expresión política antagonista del malestar social. Así, en las primeras semanas, el movimiento se configuró como un espacio neutro en el que todo cabía, y en el que a base de muchas dosis de virtud y fortuna se avanzaba hacia un nuevo escenario de la resistencia social. Sin esquemas preconcebidos y sin teorías estrechas en las que encajar la realidad social, pero con grandes dosis de inteligencia colectiva y de ensayo-error, el movimiento ha conseguido alterar el desesperante curso de los acontecimientos de este país.

El “estallido” post 15-M estaba por venir. Pero como un sujeto nuevo aparece con formas nuevas y con gramáticas por descubrir. Rompiendo con la impotencia de lo anterior, el movimiento 15-M (¿acaso habría que hablar de movimientos del 15-M?) ha logrado ya dibujar un nuevo escenario en la resistencia social al actual régimen institucional “de los consensos” que padecemos. Un poder instituyente desde abajo enfrentado al poder constituido desde la exclusión de los grandes consensos.

Sólo eso ya es una victoria histórica. Pero el movimiento se proyecta hacia el futuro. Y lo hace sin esperar. Se ha ganado ese derecho a través de ser capaz de haber invertido la lógica, hasta ahora hegemónica, del “sentido común”. Un sentido común que estaba en el campo de juego del enemigo y que, en las últimas semanas, ha sido tomado al asalto por un movimiento que ha sabido expresar en su discurso y en su práctica una lógica democratizadora inapelable. De repente, tras años de derrota, emerge la “fuerza de la razón” de nuestro lado, desmontando los dispositivos de control ideológico en marcha, especialmente para la gestión de la crisis económica. El nuevo lema “tenemos la razón y lo sabéis” muestra esta incipiente inversión en la hegemonía de los discursos.

Este avance en la conquista de espacios de “razón común”, unido a la disposición conflictiva y contenciosa del movimiento, hacen de éste el sujeto político-social protagónico en el próximo período. “Sin esperar ni sustituyendo” a otros actores que, o no han podido o no han querido, impulsar amplias dinámicas de auto-organización y resistencia, el movimiento 15-M es ya la referencialidad para responder a próximas agresiones sociales y para articular las convergencias naturales que tanto necesitábamos. Y esta nueva referencialidad seguirá manejándose en lógicas diferentes y todavía por encontrar: en la relación con el tiempo político establecido, en su auto-representación o en su propia dinámica contenciosa.

El devenir del movimiento: la radicalización democrática.

Si de alguna forma se puede caracterizar a este movimiento es a través de su voluntad democratizadora. Una nueva generación con nuevos anhelos democráticos, no socializada directamente en la cultura del pacto y que, además, víctima del nuevo régimen de la precariedad vislumbra en los límites de este modelo de democracia las razones de su explotación. De hecho, la crítica a la actual “razón democrática” ha conformado el contenido sustancial del movimiento. Y como razones sobran en la constitucionalidad e institucionalidad de este país, la radicalización del movimiento era (y es) previsible.

El grado de democratización de un determinado “régimen político” era definido, por el científico social Charles Tilly como “el movimiento neto hacia una consulta más mutuamente vinculada, más protegida, más igual y más amplia”. Y bastante de esto hay en el impulso político del movimiento 15-M. El salto producido desde un movimiento que toma impulso en la crítica al modelo de representación democrático-formal a un movimiento que “lo quiere todo y lo quiere ahora”, es fruto de la radicalización inevitable que produce internarse por las fallas de la incompleta democracia española. Cuanto más profundice el movimiento en los límites impuestos por este régimen, más se radicalizará y, obviamente, más incómodo resultará para las élites políticas y económicas.

El deseo de auto-gobierno expresado por el movimiento se concreta en las demandas de construir al pueblo en sujeto de decisión. En recuperar el espacio político robado por partidos institucionales y, especialmente, por los mercados. Ése es y será el campo de batalla de un movimiento democratizador que apela a restituir el “gobierno de los más”.

Esta posible creciente radicalización en las demandas del movimiento va a encontrar su correlato en la propia práctica del movimiento. Si bien hasta el momento la misma práctica del movimiento ha sido radical (práctica de la desobediencia, resistencia pacífica, ocupación del espacio público), es posible que, a partir de ahora, sea precisamente la práctica del movimiento la que determine la expresión de las demandas. Pasada la fase de búsqueda impotente de un “programa” unificador, éste ha quedado ya desbordado por el propio impulso contestatario del movimiento. Y es que la condición de espacio social reconocido para ejercer la protesta hace ya de éste el actor que seguirá encauzando la resistencia ante las agresiones por venir. El éxito histórico del 19-J marca un hito sobre el que avanzar hacia nuevos objetivos (¿una huelga general?).

Esta performatividad invertida, en la que casi la acción precede a la enunciación de la demanda, va a conceder una impronta particular al movimiento. La lógica democrático-formal, en la que algunos sectores querrían ver instalado al movimiento, va a quedar desbordada por la vía de los hechos. La práctica de resistencia se dirigirá, seguramente, hacia cuestiones con un contenido más social y de emergencia ante la actual salida de la crisis. Eso irá en detrimento de otras cuestiones, aún presentes en el movimiento, pero que difícilmente pueden, por sí solas, agregar voluntades y dinámicas de conflicto. Y es que, ¿acaso en 30 años se ha generado un movimiento contencioso en la calle contra las leyes electorales?, ¿es posible articular un movimiento de las actuales características basándolo en propuestas como las listas abiertas? La urgencia social a la que nos ha abocado la crisis y la propia dinámica de la gestión de la misma a la que está obligado a hacer frente el gobierno (en forma de recortes y adaptación a las “exigencias” de la UE y los especuladores de distinto signo), van a situar en la agenda del movimiento las formas para resistir a esos envites. Tal vez, esto implique que el movimiento deje de ser ese espacio neutro y cándido que lo alumbró. Eso conllevará riesgos, naturalmente. Sólo conservando y ampliando el espacio de ese nuevo “sentido común” se podrán mantener los niveles de apoyo ciudadano que el movimiento tiene en estos momentos.

Y es que ya nada le es ajeno al movimiento. Después de años de resistencia “molecular”, surge la posibilidad de nuevos desafíos y nuevos escenarios para el combate. La extensión y estructuración del movimiento entre lo general y lo local (a través de la extensión a los barrios) parece resolver acertadamente esta disyuntiva, tan tortuosa anteriormente, entre los movimientos sociales. De ahí, la importancia de que el movimiento se avenga a una óptima estructuración en las diferentes escalas del conflicto. Intervenir en el territorio desde el prisma de los grandes problemas puede ser uno de los aportes del movimiento. De lo global a los barrios, y de allí, “a la luna”. Pasar de la fase de un cierto “movimiento en sí” (etapa final de las acampadas) a un movimiento para sí” se antoja clave para consolidar una nueva fase contenciosa y de conflicto contra el poder instituido. Seguir el proceso de acumulación, en el inestable choque entre nuestra legitimidad y su legalidad, es imprescindible para pasar a nuevas fases. No ha llegado, empero, el tiempo para que el movimiento sea capaz de imponer sus demandas.

La posible fluctuación en la intensidad del movimiento también va a depender de cómo responder al complejo desafío de la propia estructuración. Sedimentar las redes establecidas y asegurar la autonomía de los diferentes nodos pero manteniendo la tensión general, pueden ser fórmulas para dotar de continuidad al movimiento en el medio-largo plazo. Así se podrá disponer de mecanismos para ampliar la resistencia frente a los micro-efectos de la crisis (desahucios, por ejemplo) pero interviniendo también sobre las cuestiones más globales derivadas de la crisis sistémica.

De fondo, unas elecciones generales en las que el movimiento, desde su autonomía, hará su aparición y, esta vez, con mayor posibilidad de impacto en el resultado que en las elecciones municipales. Un debate éste al que ya está convocada la izquierda rupturista.

El control de la protesta desde “el poder”

En esta dinámica del movimiento no podemos obviar las diferentes fórmulas que “desde arriba” se van a impulsar para tratar de controlar y contener la protesta. Anticiparlas será clave para que no incidan de manera determinante en el ciclo de movilizaciones en marcha.

Si el movimiento se define por su imprevisibilidad, las líneas abiertas a seguir por las autoridades y poderes varios es también una incógnita. Hasta ahora se han venido moviendo entre el estupor, la confusión y un cierto pánico, más o menos disimulado, ante la irrupción de este nuevo sujeto.

En este sentido, tres lógicas alternativas pero no excluyentes, pueden ser habilitadas desde “el poder” para desarmar al movimiento. Primeramente, desde la combinación de la certificación y la descertificación del movimiento. Es decir, valiéndose indistintamente de un paternalismo que reconoce al movimiento y sus demandas “regenerativas” y, por otro lado, de la indiferencia y/o estigmatización buscando el aislamiento del movimiento.

El segundo mecanismo potencialmente despegable desde las élites será el intento de cooptación (al menos parcial) tanto del programa como de un cierto “espíritu del movimiento”. Operaciones de este tipo las veremos intensificadas por parte de distintos partidos (especialmente IU y PSOE e, incluso UpyD). Resistir a esos envites, desde la autonomía del movimiento y del rechazo al juego de la política en los parámetros en que actualmente está establecida, será fundamental para inocularse ante ese veneno.

Por último, una agudización del conflicto en clave represiva desde las autoridades no es descartable. Tras el 15-J se ha desplegado un indisimulado intento de control policial y mediático de la protesta. La asimilación pública bajo la etiqueta de “antisistemas” podría facilitar, desde la óptica de los de arriba, una escalada represiva. Ya está lanzada esa clásica división entre los “buenos” y los “malos” que buscará someter al movimiento a la prueba de la unidad. A pesar de ello, el pacifismo activo y desobediente que impera en el movimiento parece incuestionable y constituye la garantía elemental para cortocircuitar y deslegitimar socialmente una estrategia criminalizadora. Invertir el discurso sobre la violencia y ser exitosos en la articulación y ampliación del campo social, en esta fase de acumulación, será el camino por el que deberá transitar el movimiento 15-M.

De la la impotencia de lo anterior ya no queda más que el “mal sueño” de la parálisis social que nos atenazaba. El 15-M nos ha alumbrado un posible. El futuro de ese posible es ya el nuestro.

Joseba Fernández, es investigador pre-doctoral en el Departamento de Ciencia Política y de la Administración de la UPV-EHU, y es activista del movimiento 15-M.

Publicado en la revista Viento Sur en el número 117.

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