Algunas reflexiones sobre lo que está pasando: elecciones y movimientos

«Si hubiera un pueblo de dioses, se gobernaría democráticamente»

J.-J- Rousseau

Lo que está pasando en España en este momento tiene algunas analogías con lo que pasó en Italia hace algunos años: puede ser que valga la pena averiguarlas. La crisis económica y social, despertando, frente al miedo de la pérdida y de la inseguridad, los instintos biológicos de los ciudadanos, dio fuerza a aquellos partidos que rivendican una política de la preservación: una perversión, sino un destino, de una democracia entendida como conservación y no difusión de las conquistas sociales. La emergencia de lo que se podría llamar el nivel “animal” de la política está confirmado por el carácter regional y provincial de las reivendicaciones de estos partidos: una reacción territorial y xenófoba que conlleva una pérdida de sentido común, en dirección de la protección de los que se pretende una defensa de los derechos individuales. Una descalificación de las capacidades de adaptación y emancipación de la acción política que aprovecha de la desconfianza en las institutiones del Estado y de la incapacidad de las clases dirigentes, en particular socialdemócratas. De aquí el giro a la derecha que sacude toda Europa. Frente a esta situación, los ciudadanos que todavía conservan, a pesar de todo, un instinto común solo han podido volver a la calle: reclamar el valor de una política de los movimientos – de los ciudadanos, de la solidariedad – más allá de los partidos. Lo que afecta a veces a estos movimientos, que, por otra parte, tienen todo el mérito de revitalizar lo que podríamos llamar el nivel “humano” de la política – su esencia relacional y solidaria, al fin y al cabo, democrática – es el error de confundir la crisis del sistema representativo de los partidos con la crisis de las ideologías. El eslogan muy a menudo repetido de la indiferencia entre izquierda y derecha, sí lleva la razón cuando las promesas electorales o expectativas de cambio social se han sido traicionadas o cuando reclama la necesidad de adaptar la visión comun a las transformaciones de la vida collectiva, pero no tiene en cuenta la imposibilidad de hacer política sin una teoría – entendida en su sentido etimológico como perspectiva, visión determinada del mundo – que diriga la práctica. O sea, cae en la trampa de la ilustración: en el equívoco de la neutralidad de la técnica. Instala de este modo un germen anti-político en la política que conlleva el riesgo de devolverla estéril. Los espamos y la conmoción del sistema de los partidos – la crisis de la democracia representativa – arriesga convertirse en una imposibilidad a seguir el recorrido emancipador. Las categorías de izquierda y derecha, como categorías esenciales de la política moderna, o sea desde el punto de vista teórico, – aunque hayan cambiado, en la historia de los ultimos dos siglos, mil veces su forma – sin embargo, siguen conservando su valor y siguen funcionando como marco de los conflictos sociales, en la medida en que vehiculan dos concepciones diferentes del espacio público: de una parte, una concepción de la realidad como orden instable y continuamente amenazado que, pues, necesita ser protegido de sus enemigos, por otra, la de una realidad que tiene que ser ordenada poniendo en el centro de la vida social la igualdad de todos los hombres. De aquí la importacia de los mismos movimientos: la de no destrozar sino de ayudar a transfomar la forma democrática: de hacerla capaz de adaptarse a las mudadas formas del capitál sin renderse a ellas y de conservar, a pesar de todo, una visión que todavía se puede llamar de izquierda de vida social. Así que la visión a-partidista de la política, que indica la necesidad de un cambio real del sistema representativo, no acaba convertiéndose en una visión a-política de la política. En las recientes elecciones municipales, Italia ha vuelto a sus raíces democráticas, a pesar de los intentos de sus caudillos, premiando, después de algunos años, las fuerzas de izquierda que, a pesar de sus límites, representan todavía la voluntad de no perder el sentido humano – emancipador, solidario e igualitario – de la política y de la sociedad. España, no obstante los resultados de las ultimas elecciones, puede volver a recuperar este sentido de la política y, de hecho, como testimonian los nuevos movimientos, ya lo está haciendo.

 

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