Brevísima contribución a la crítica de la economía apolítica

Si dejamos a un lado algunos escritos de Marx correspondientes a la última etapa de su producción y de su vida, en los cuales se entrevé tanto la posibilidad de que el capitalismo no sea un paso obligado hacia al socialismo, como el peligro de los “coqueteos” con la filosofía teleológica de la historia, puede afirmarse que todas sus obras más difundidas están atravesadas por una tensión dada por la postulación simultánea (e implícita) de dos motores de la historia que no presentan el mismo peso teórico y que, a mi parecer, tampoco forman necesariamente una unidad (ni “dialéctica” ni de ningún otro tipo). En primer lugar Marx destaca el desarrollo de las fuerzas productivas como impulso histórico ciego y objetivo que fatalmente altera y acaba por revolucionar las relaciones de producción que lo limitan. Y sólo luego, en un segundo lugar, y subordinado a ese primer motor, encontramos el otro: la lucha de clases en tanto contribución voluntaria de los sujetos a facilitar u obstaculizar esa marcha progresiva –imparable “en última instancia”– hacia una nueva formación social en donde la productividad alcanzará su máximo nivel y su mayor racionalidad distributiva: el comunismo. Otra forma de expresar el mismo problema fundamental del pensamiento de Marx sería la siguiente: para él la economía condiciona a la política como algo distinto de ella. Todo esto queda reflejado perfectamente en el famoso “Prólogo” de la Contribución a la Crítica de la Economía Política (1859). Para Marx, la “contradicción” o el conflicto fundamental que mueve la historia humana no es de naturaleza política sino puramente económica. Lo que “en última instancia” acaba por modificar y reconfigurar las formas sociales es el ciego e impersonal desarrollo de las fuerzas productivas que hace saltar las relaciones de producción a medida que le van quedando pequeñas: he ahí el primerísimo “sujeto” o motor de la historia. La política, pues, no desempeña aquí ningún papel primordial, sino sólo el rol secundario de acelerar o ralentizar ese proceso histórico de transformación social que tiene lugar fuera de ella.

Por todo esto, creo que el principal problema del planteamiento de Marx reside en su concepción demasiado estrecha de la política. Para él la política es algo meramente “superestructural”, estrechamente ligado a la (auto)conciencia de los sujetos históricos, a su organización en instituciones, gremios y partidos de clase, y a su lucha activa por conquistar el poder del Estado. Pero una idea menos restringida de la política le permitiría hallarla ya en la misma existencia de las relaciones de producción capitalistas en tanto relaciones de fuerza que constituyen la base de la política, pero no porque sean algo distinto de ella: la economía es la base de la política simplemente porque es su parte fundamental, la que proporciona precisamente la estructura material que, hasta cierto punto, condiciona todo el resto de la actividad política, esto es, la configuración de las instituciones y de la cultura en su conjunto (la superestructura). Sólo esta rectificación del lugar de la política dentro del materialismo histórico puede otorgar a la lucha de clases –entendida como inherente a unas relaciones de producción que son ya relaciones de fuerza políticas– el lugar de único, auténtico y contingente motor de la historia, al cual se encuentra subordinado todo desarrollo de las fuerzas productivas.1

Por lo demás, el evolucionismo marxiano no se limita a los escritos más específicamente económicos, sino que también se halla presente en escritos eminentemente políticos. Tal es el caso del Manifiesto Comunista (1848), en donde el verdadero rol protagónico, si se lee atentamente el texto, no corresponde ni a los burgueses ni a los proletarios, sino más bien las fuerzas productivas en desarrollo constante2. La interpretación de la actualidad de este texto realizada por Álvaro García Linera nos parece brillante, pero porque en realidad no se ciñe demasiado a la letra del mismo, sino que más bien lo politiza solapadamente ocultando el economicismo y contrarrestando sus efectos reaccionarios. Quizás uno de los mejores ejemplos de lo que aquí estoy señalando lo brinde el siguiente pasaje escrito por el intelectual boliviano:

Decimos, por tanto, que el capital es capaz de crear sus propias condiciones de desarrollo, imponiendo un sello propio al desarrollo material de las fuerzas productivas, en este caso, subordinando, constriñendo ese desarrollo a la estrecha estrategia de valorizar el valor. // El capitalismo por tanto, no desarrolla indiscriminadamente las fuerzas productivas, sino que las mutila, las reprime a fin de que éstas sólo sigan la ruta que potencia la valorización del valor. Se trata de una unilateralización que anula las posibilidades de un desarrollo multilateral de las capacidades materiales del trabajo, fomentando sólo aquellas capacidades susceptibles de servir, de ser compelidas a la lógica del valor. // El capital subordina, entonces, las fuerzas productivas, tanto en su forma social como en su contenido material; o mejor, deforma su desarrollo para adecuarlas a sus fines. De ahí, por ejemplo, ese desarrollo unilateral de las fuerzas productivas técnicas en detrimento de las fuerzas productivas simbólicas, asociativas, o la recurrente conversión de las fuerzas productivas sociales en fuerzas destructivas o nocivas (las armas nucleares, la destrucción de la capa de ozono, etc.) que ponen en riesgo la propia existencia humana. Y aun en el terreno de las fuerzas productivas técnicas, la potenciación arbitraria de aquellas más aptas o más dóciles para incorporar en su movimiento y utilidad la codicia y el despotismo empresarial. // No hay pues fuerzas productivas ingenuas o neutras. Cada herramienta, cada medio de trabajo fruto de la sociedad contemporánea incorpora en su cualidad material y en las formas de su uso un conjunto de intencionalidades sociales, un conjunto de dispositivos de orden que constriñen habilidades, prescriben comportamientos, priorizan tales o cuales saberes, descartan otros, expanden tal o cual actitud grupal y aplastan otras, según los requerimientos históricos generales de época que acompañan a las estrategias de valorización del valor. Parafraseando a Bourdieu, se trata de una especie de habitus tecnológico implícito, no necesariamente explícito en los creadores científicos y en los financiadores, pero que se manifiesta a la hora de la creatividad inventiva y del fomento de la misma por las ramas empresariales. Todo el peso de la predisposición del régimen del capital y de sus anhelos se agolpa a la hora de la producción de tecnologías, convirtiendo a las herramientas, más que en una prolongación de la habilidad del sujeto, en una prolongación material de la demanda epocal del régimen de valor, incluidas las resistencias que trata de superar y que volverá a engendrar. Con las fuerzas productivas modernas, la enajenación del trabajo adquiere pues, también, una forma tecnológica.3

Este reconocimiento de que “no hay fuerzas productivas ingenuas o neutras”, ya que en su misma materialidad llevan incorporada una intencionalidad política burguesa, es un señalamiento completamente decisivo, pero que no corresponde realmente a Marx sino al mismo García Linera. Como se vio más arriba, el mayor problema del planteamiento de Marx residía precisamente en una concepción más bien prepolítica o neutral del desarrollo de las fuerzas productivas, al cual quedaba supeditada la lucha de clases como algo derivado pero exterior a él. Aquí, pues, García Linera corrige de manera genial a su maestro, aunque lo haga disimuladamente.

Lo que aquí critico –y que se podría llamar el economicismo de Marx “en última instancia” o, más exactamente, su productivismoconstituye seguramente un producto indeseable de sus enormes avances en la crítica de la economía política, disciplina cuyo contacto –y cuyo nombre, paradójicamente– no lo ayudó a aproximar suficientemente la economía y la política. Si redujéramos hoy la lucha de clases a la política estatal-partidaria-sindical –es decir, a la política explícita o autoconsciente–, si les negáramos así a las relaciones de producción mismas su decisiva naturaleza política, deberíamos conceder, entre otras cosas, que el apogeo del capitalismo neoliberal ha significado simplemente la desaparición de la lucha de clases, y no su continuación latente bajo otras formas (sociopolíticas) que hoy se vuelven más visibles.

Notas:

1En este sentido, resulta realmente sorprendente cómo Marx ha podido escribir el capítulo de El capital sobre la acumulación originaria sin llegar a reconocer explícitamente que lo que allí estaba describiendo eran menos los orígenes puramente económicos que los violentos fundamentos políticos del capitalismo. Sin embargo, y lamentablemente, el economicismo de base de Marx salta a la vista en la sección final de dicho capítulo, en donde toda “la sangre y el lodo” que constituyen al capital es justificada y considerada inevitable, necesaria para que el desarrollo de las fuerzas productivas y la creciente socialización de los procesos de producción haya podido tener lugar. Pues tales procesos, aunque de momento benefician sólo a la burguesía, también preparan inexorablemente su tumba: la expropiación de los expropiadores, porque así lo manda la Productividad, es decir, esa forma “material” adoptada por el Espíritu hegeliano en buena parte de la obra de Marx. (Cf. Marx, K. El Capital, tomo 1, México, D.F.: Siglo XXI, 1975, vol. 3, pp. 951-954).

2La burguesía, a lo largo de su dominio de clase, que cuenta apenas con un siglo de existencia, ha creado fuerzas productivas más abundantes y más grandiosas que todas las generaciones pasadas juntas. […] Hemos visto, pues, que los medios de producción y de cambio sobre cuya base se ha formado la burguesía, fueron creados en la sociedad feudal. Al alcanzar un cierto grado de desarrollo, estos medios de producción y de cambio, las condiciones en que la sociedad feudal producía y cambiaba, la organización feudal de la agricultura y de la industria manufacturera, en una palabra, las relaciones feudales de propiedad, cesaron de corresponder a las fuerzas productivas ya desarrolladas. Frenaban la producción en lugar de impulsarla. Se transformaron en otras tantas trabas. Era preciso romper esas trabas, y las rompieron. // En su lugar se estableció la libre concurrencia, con una constitución social y política adecuada a ella y con la dominación económica y política de la clase burguesa. // Ante nuestros ojos se está produciendo un movimiento análogo. Las relaciones burguesas de producción y de cambio, las relaciones burguesas de propiedad, toda esta sociedad burguesa moderna, que ha hecho surgir como por encanto tan potentes medios de producción y de cambio, se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con sus conjuros. Desde hace algunas décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de la rebelión de las fuerzas productivas modernas contra las actuales relaciones de producción, contra las relaciones de propiedad que condicionan la existencia de la burguesía y su dominación. […] Las fuerzas productivas de que dispone no favorecen ya el régimen burgués de la propiedad; por el contrario, resultan ya demasiado poderosas para estas relaciones, que constituyen un obstáculo para su desarrollo; y cada vez que las fuerzas productivas salvan este obstáculo, precipitan en el desorden a toda la sociedad burguesa y amenazan la existencia de la propiedad burguesa. Las relaciones burguesas resultan demasiado estrechas para contener las riquezas creadas en su seno. […] Las armas de que se sirvió la burguesía para derribar el feudalismo se vuelven ahora contra la propia burguesía. // Pero la burguesía no ha forjado solamente las armas que deben darle muerte; ha producido también los hombres que empuñarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios. // En la misma proporción en que se desarrolla la burguesía, es decir, el capital, desarróllase también el proletariado, la clase de los obreros modernos, que no viven sino a condición de encontrar trabajo, y lo encuentran únicamente mientras su trabajo acrecienta el capital.” (Marx, K.; Engels, F. “Manifiesto del Partido Comunista” en Id. Obras escogidas, tres tomos, Moscú: Progreso, 1981, tomo 1, pp. 116-117)

3García Linera, A. “¿Es el Manifiesto Comunista un arcaísmo político, un recuerdo literario? Cuatro tesis sobre su actualidad histórica”, en Id. La potencia plebeya: acción colectiva e identidades indígenas, obreras y populares en Bolivia, Bogotá: Siglo del Hombre Editores y CLACSO, 2009., pp. 92-93.

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